UTSB 150 — Sierras del Bandolero

25 marzo 2015 en 10:54 | Publicado en Montaña | 1 comentario
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Por Carmen Castaño

¡Dicho y hecho! Fue acabar la ultra del Rincón y ¡me faltó tiempo para buscar la siguiente batalla! El objetivo era claro: no quería volver a pasar por la UTMB (la del Mont Blanc) sin coger algo más de experiencia en el arte de ‘sufrir’ y al mismo tiempo disfrutar de lo que más me gustaba, conociendo la montaña de nuestro bonito país.

Así que no había muchas dudas: presentarse de nuevo al sorteo ya que tenía los puntos y buscar una carrera cercana en el tiempo para empezar con el plan. Me apunté por tanto a la UTMB y busqué esa carrera más o menos para marzo o abril… y la encontré en la sierra de Grazalema (Cádiz). 151 km con 11.000 m de desnivel acumulado. 40 horas máximo con sus respectivos puntos de corte. Salida el viernes 6 de marzo a las 18:00 h de Prado de Rey y llegada como muy tarde el domingo 8 a las 10:00 h al mismo lugar, cruzando por dos veces la sierra de Grazalema y adentrándonos en la serranía de Ronda.

Así pues, llegué a Prado de Rey el viernes 6, directa para pasar el control de material y entrar al recinto de salida. ¡Pistoletazo de salida y estampida! A intentar coger posiciones puesto que después de la pista inicial de salida del pueblo, el camino se estrechaba y lo mejor era no pillar ‘tapones’. Como siempre con cabeza fría y a mi ritmo llegué con buen paso al avituallamiento del Bosque (km 7,4). Disfrutando de una puesta de sol sobre Jerez espectacular seguimos corriendo hasta que cayó la noche y hubo que encender el frontal. El ritmo era muy bueno. Trotábamos pero en fila india y de una forma muy cómoda; así por senderos arriba y abajo llegué sin darme cuenta al segundo avituallamiento en Llanos del Campo (km 13,9). Di mi número de dorsal y ni paré.

En este punto la carrera empezó a estirarse. Ya habíamos enlazado la subida al puerto del Boyar que nos llevaría al avituallamiento tercero (km 20,1). ¡Cómo soplaba el viento! Tocaba abrigarse porque ahora nos metíamos en la parte alta de la sierra de Grazalema. Me abrigué con lo que pude, comí algo, recargué los botes y arranqué. Por seguir a unos compañeros de la zona, nos salimos del trazado y después de saltar unos cuantos troncos y meternos en un montón de barro, volvimos a dar con el camino. Lo cierto es que se me hizo entretenido, sobre todo porque uno de ellos era andaluz cerrao y hablaba como si tuviese un polvorón en la boca. Como yo no me quedo muy atrás en el acento asturiano, aquello parecía una conversación de sordos: hay una bajada muy difícil ahora para el pueblo… qué?? Cuidao con la bajada!… que es muy técnica o resbaladiza?… qué?? Que si es muy difícil?… y así un buen rato.

Cuando llegué a la bajada comprobé que era bastante pendiente, técnica y con tramos muy expuestos que no te permitían ni un error: te ibas abajo unos cuantos metros en vertical. Despacito y ¡buena letra! De esta manera llegué a Villaluenga del Rosario (km 32,7) quitando de mi cabeza ciertos dolores de tripa que hacía un rato habían hecho acto de aparición. Con más miedo en el cuerpo que otra cosa a lo que pudiera pasar, cambié de ropa y me abrigué a tope. El estómago empezaba a cerrarse y me costó bastante poder tomar un caldo caliente.

Salí animada, pero ¡amigo!, cuando me ponía a correr sentía el estómago botar como si tuviese una piedra dentro y las ganas de vomitar aumentaban. Intenté negociar con el estómago: corro más suave y no protestas… pero erre que erre tuve que ceder… no quedó otra que ponerse a andar por aquella zona que invitaba a correr y además con una luna llena (99,5%) con la que en algunos tramos daban ganas hasta de apagar el frontal porque se veía perfectamente y la sensación era indescriptible.

Pero, no contento con eso el problema empezó a ‘bajar’ y no me quedó otra que buscar algo de intimidad al resguardo de unos árboles. Sudores fríos y la cabeza que empezaba a hacer de las suyas. Pasé en cuestión de unos pocos kilómetros de plantearme hacer una muy buena carrera a luchar por no tener que retirarme. Pero por suerte o desgracia, allí no quedaba otra. Estaba en medio del monte y el próximo avituallamiento era el único de todo el recorrido donde no había posibilidad de contacto externo. Había que continuar. Por si fuera poco me tocaba una subida relativamente pronunciada por piedra para luego alcanzar los famosos Llanos de Líbar. No sé qué fue peor porque en la parte pendiente íbamos resguardados pero en los Llanos azotaba el viento de forma lateral que daba gusto.

Cuando por fin conseguí llegar al avituallamiento (km 41,5) que estaba dentro de un Cortijo (de Líbar) localicé una chimenea bien avivada de la que no me separé por un buen rato. Llegados a este punto no tenía sentido hablar de tiempos, de correr… sólo se podía intentar luchar por no caer en el intento. Esperé lo que fue necesario, me obligué a pegar un par de mordiscos a la barrita, beber un trago de agua y poco más; pero en principio suficiente para coger energías, volver a vestirme con todo lo que llevaba conmigo y salir de nuevo.

¡Ay qué frío! Pero nada, buen paso y a seguir la pista. Casi sin darme cuenta estaba encontrando las primeras casas del pueblo de Montejaque (km 51,1) y caminando sola por el medio de las calles del pueblo acabé encontrando el avituallamiento donde nuevamente me esperaban mis padres. ¡Qué ganas de verlos! Me volví a sentar, fui al baño de nuevo, comenté la situación y me ofrecieron un caldo. ¡Más sopa no! Y como necesitaba algo caliente, ¡de perdidos al río! No me podía sentar mucho peor ya nada: ‘Un cola cao por favor’. Madre mía ahora leche pensé yo… pero lo cierto es que me sentó muy bien y decidida salí camino del siguiente.

Después de todo un pisteo aparecíamos a los pies de Ronda donde contactábamos con otros corredores que ya salían. Ese tramo se me hizo largo y pesado, cuesta arriba para acabar en el avituallamiento en un polideportivo (km 60,8) en el que hacía mucho frío a esas horas de la mañana. Me encontraba mal. Débil por lo poco que podía comer y beber, cansada. La cabeza no paraba de decir: esto no es una carrera de 100 km; aquí no aguantas sin comer más hasta el final.

Con la misma filosofía de ‘de perdidos al río’, tomé otro cola cao, me puse ropa seca y caliente y salí. El tramo de volver a salir de Ronda se me volvió a hacer largo. Tuvimos que atravesar todo el pueblo por el centro cruzándonos de vez en cuando con otros individuos de un perfil diferente pero que también venían de hacer doblete nocturno. Lo cierto es que algunos nos miraban muy raro…

Hasta llegar al avituallamiento de Benaoján (km 74,3), compartí recorrido con otro corredor. Son esos tramos de la carrera los que al final recuerdas con una sonrisa porque de pronto allí estás, en medio de no sabes muy bien dónde, hablando con alguien que no conoces de nada pero con el que tienes unos temas de conversación de lo más amenos e interesantes.

El estómago empezaba a mejorar y algo más podía empezar a beber. Poco podía comer aún. De esta manera salí a por el siguiente tramo. Un camino muy bonito al lado de un río con subes y bajas. Otra vez sin darme cuenta apenas, llegaba al siguiente: Jimera de Líbar (km 84,7). Ahí ya me lancé… tenía hambre así que cogí un bocata, bebí coca cola y de momento no me atreví a mucho más. Me tumbé un rato en un banco y arranqué con algo más de bocadillo en la mochila que mi madre me había metido.

El siguiente tramo fue espectacular. La verdad que no recuerdo cómo era pero es que el estómago poco a poco se fue abriendo y aproveché a meter todo lo que pude: ¡no vaya a ser que se fuera a cerrar otra vez¡ El bocata, dos barritas, el gel, agua, bebida isotónica… así encaré la subida fuerte que había para llegar a Cortes de la Frontera (km 97,1) como una rosa y una sonrisa de oreja a oreja.

Coincidencias del destino quiso que el pueblo siguiese de fiestas de carnaval aún y no pude más que echarme a bailar con la música cuando vi a mis padres de la alegría que llevaba encima. Llegué pletórica, fui al baño, tomé coca cola, bocadillo y volví a salir bailando. Qué ganas de coger aquella subida larga de nuevo por la sierra y volver a llegar a Villaluenga del Rosario. ¡Realmente lo disfruté!

Y llegué (km 111) con fuerza y con energía renovada porque había recuperado tiempo perdido y seguía haciendo tramos mejor de lo esperado. Además ¡iba a poder llegar prácticamente al siguiente avituallamiento con la luz del sol! Fui a pedir cola cao pero como hacía calor la mujer que allí se encontraba me ofreció un batido de chocolate… ay dios que mezclas… pero dijo algo a lo que no me pude negar: ‘es un batido de recuperación.’ ‘Lléname el vaso’ le dije. No sé si servía para algo o no, pero estaba muy bueno así que volví por más. Comí otro bocata y salí como un cohete. Un objetivo claro en mente: llegar al siguiente avituallamiento de día a poder ser… ¡y casi lo consigo!

En este punto acabábamos de enlazar con los corredores de la versión corta que sólo hacían la mitad del recorrido. Se me hizo muy ameno porque además esa parte era conjunta con la ida y no parábamos de cruzarnos corredores de la versión corta en sentido contrario.

Se nos echó la noche encima a falta de unos dos kilómetros para la llegada al siguiente pueblo. Se hicieron algo largos pero ¡Grazalema por fin! (km 123) Este punto lo tenía como referencia. Si llegaba aquí sólo quedaba una subida dura más al puerto del Boyar y a partir de entonces mucho se tenía que torcer la cosa para que no se cumpliese el objetivo.

Mucha alegría en ese sentido, pero el cansancio acumulado comenzaba a hacer acto de presencia y el subidón empezaba a bajar. No obstante, no perdí las buenas costumbres adquiridas: tomé otros dos vasos de batido de chocolate ‘de recuperación’, comí un par de bocatas y hasta me permití el lujo de marchar con cuatro plátanos de gominola para el camino.

Alguien poco civilizado había quitado las marcas del camino y me encontré corredores perdidos a la salida del pueblo. Las marcas estaban en otro sitio pero yo era la única que llevaba gps y veía que el camino era diferente. Alguno se mostró escéptico y llegado un momento (casi un kilómetro sin marcas) hasta yo empecé a dudar; pero de pronto vi a lo lejos la primera de las siguientes balizas y a partir de entonces un grupo bastante numeroso me siguió hasta lo alto del Boyar. Comencé mi andadura puerto abajo con otro compañero sin hablar tan siquiera.

Así fuimos pasando gente bastante perjudicada en la bajada y también a su vez nos iban pasando corredores de la corta. Llegamos al siguiente avituallamiento: Benamahoma (km 134): cola cao, otro bocata… la gente a estas alturas me miraba raro porque ya pocos tenían el estómago para aquello; pero es que yo tenía un hambre… y una vez repuesta, arranqué.

El siguiente tramo otra vez al lado de un río me pasó volando; no sólo mentalmente sino que realmente lo hicimos bastante deprisa. Nos unimos a otro grupo de corredores de la corta y dando el palique llegamos sin darnos cuenta al último avituallamiento (km 138,9) ¡El Bosque de nuevo! Ahora sí, ¡ahora sí! ¡Sólo quedaban 12 km por delante! Seguimos sin parar tan siquiera con mucha ilusión y una sonrisa en la cara, pero no iba a ser todo alegría. Ese tramo final psicológicamente fue para mí de los más duros. Hacía mucho frío y cruzamos a izquierda para volver a cruzar a derecha para volver a subir y volver a bajar a los pies del pueblo y volver a subir por una cuesta muy pronunciada que se llamaba ‘La Cuesta’ (estos del sur no se complican la vida y llaman a las cosas por su nombre), para llegar por fin a las calles del pueblo. Subida final ansiosa por la calle principal y dos cosas en mente: cambiar la cara de cansancio que teníamos para la foto de entrada en meta y correr ese tramo final. Esto último fue idea mía y el compañero casi me mata con la mirada cuando se lo propuse ¡pero lo hizo!

Prado de Rey km 151, 32:20 horas, ¡objetivo conseguido! En esos momentos sólo tenía gana de ir a casa, darme una ducha y comer algo más. Tumbarme por fin y disfrutar de la victoria conseguida.

En circunstancias así es cuando eres realmente consciente de lo mucho que puede aguantar el cuerpo y de que en estas carreras, como en la vida, las circunstancias pueden cambiar para bien o para mal en cualquier momento y sólo el que es capaz de adaptarse a ellas consigue ‘sobrevivir’ al reto.

Al día siguiente con un poco más de perspectiva hicimos valoración y la verdad que fue muy positiva: la carrera muy bonita, dureza en su justo punto, el cuerpo de más a menos y de menos a más que siempre es de agradecer acabar con buenas sensaciones y cómo no, más experiencia en esto del ultrafondo.

Agradecer a mis padres una vez más por aguantarme en los avituallamientos con mis nervios y mi cansancio. Sin ellos no sé si lo hubiera conseguido. Nada vale más que saber que te van a recibir unas caras sonrientes, con mucha ilusión y un abrazo. Eso sí que hace seguir adelante… ¡GRACIAS!

Y aunque no lo creáis una cosa más en mente a la vuelta: ¡preparar la siguiente! :O

¿Cuál será?…

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  1. Enhorabuena, Carmen. Desde luego, no dejas de asombrarnos. Eres más fuerte que cualquier bandolera de Ronda.


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