Y finalmente el sueño se hizo realidad

6 septiembre 2016 en 21:59 | Publicado en Montaña | Deja un comentario
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Crónica de nuestra compañera Carmen Castaño.

El fin de semana del 26 al 28 de agosto llevaba marcado en el calendario desde enero cuando el sorteo volvió a premiarme y darme una nueva oportunidad. Desde entonces, todo un nuevo año con una vista fijada y sobre todo un verano aprovechado de principio a fin para disfrutarlo preparando el objetivo.

Parece que fue ayer cuando salimos al primer entreno largo y acabé bastante cansada y en poco tiempo y tras palizas cada vez más exigentes parecía que estaba en condiciones de afrontar el reto.

¡Y llegó el día! El Mont Blanc me esperaba. Esa carrera, esa experiencia que me había quedado pendiente de finalizar y que tantos años estuvo en mi cabeza: 46 horas y media como máximo para recorrer 170 kms con algo más de 10.000 metros de desnivel positivo y otros tantos de negativo, dando la vuelta al macizo del ‘Monte Bianco’, atravesando tres países (Francia, Italia y Suiza) y salvando varias cotas de unos 2.500 metros de altitud.

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Consciente de que iba a haber un antes y un después de aquella fecha, nos encaminamos el equipo habitual (mi madre, mi padre y yo) a Chamonix y entre viaje, recogida de dorsal y otros trámites, el tiempo pasó volando. El día D (viernes 26 de agosto), la hora H (18:00) habían llegado y sólo quedaba plantarse en la salida y vivirla. Y así lo hicimos.

Como no podía ser de otra manera, los organizadores pusieron la guinda: palabras muy emotivas y ‘Conquest of Paradise’ de fondo. Los pelos de punta, la expectación al máximo y en esto ¡la salida! No podía dejar de pensar en la otra vez; cómo llovía y cómo me sentía. Esta vez era diferente. La verdad que me encontraba bien y los últimos días no había tenido problemas.

A pesar de que que nos costó un huevo llegar al pelotón por la cantidad de gente que había para ver la salida, tuve suerte y fui avanzando antes de salir hasta coger buena posición. Gracias a eso, no tuve que estar parada tanto como la otra vez y eso me permitió además que los primeros 8 kilómetros los pudiese hacer corriendo sin parar por las aglomeraciones.

Así llegué al primer avituallamiento (Les Houches) donde no me quedó más que parar porque hacía un calor de cuidado y a pesar de llevar sólo 8 kilómetros, ya había bebido bastante. Recargados los líquidos, proseguí.

Nos esperaba ahora la subida a Délevret. Me prestó mucho, es una pista por una estación de esquí que permite que vayamos lo suficientemente amplios como para poder ir al ritmo que cada uno quiera y como además mi propósito era claro: vivir la experiencia, fui sacando fotos al pelotón, a la montaña y algún ‘selfi’ con el Mont Blanc. Esta vez sí, comí hasta gominolas de las que estaban ofreciendo por el camino un grupo de animadores ¡qué demonios! No estaban previstas pero ¡algo de azúcar no me iba a venir mal! Y sin darme cuenta, llegué arriba. Y como iba a ser la tónica de la carrera: llegar arriba y empezar a bajar. Recordaba esa bajada embarrada, entre niebla… pero esta vez fue muy disfrutona. Como todavía estábamos al principio y había piernas, corrí y bajé y seguí pasándolo bien.

Otra vez sin darme cuenta alcancé el km 21 (Saint Gervais) a las tres horas en punto de carrera. Algo mejor de lo que yo esperaba, así que me relajé aún más. Comí algo, recargué el líquido y seguí. La noche estaba cayendo ya y tocaba poner el frontal. En este punto había un montón de gente animando por el camino; se trata de un sendero de 10 kilómetros hasta el siguiente avituallamiento que va picando poco a poco para arriba y que en algunos tramos es muy trotón. Y así se llega a Les Contamines (km 31) y primer avituallamiento donde puedo recibir asistencia. El estómago se me empieza a cerrar en este sitio y me pongo en lo peor ahora que tocaba entrar la noche.

Siguiendo todo lo que habíamos planeado, me cambio de ropa, me abrigo un poco, me llevo reservas y comento la jugada sobre cómo me estoy empezando a sentir. Un poco contrariada arranco y me despido. Sé lo que me pasa y sé lo que tengo que hacer. Me he puesto a prueba en los entrenos y sé que tiene solución. Relax, bajar el ritmo y el cuerpo vuelve a su sitio si no sigo forzando, así que en uno de los tramos más asequibles de la carrera para seguir trotando a buen ritmo, tengo que bajarlo y tomarlo con calma. No pasa nada, tengo margen y la verdad que la cantidad de gente que sigue habiendo por el camino, la música y los ánimos hacen que todo fluya mucho más fácilmente.

Así llego a La Balme (km 39); punto donde la cosa se empieza a poner seria. Aquí ya me encontraba mucho mejor, la estrategia dio sus frutos y me permito el lujo de comer chocolate y naranja del avituallamiento. Hago unas fotos, doy señales de vida y arranco ya con otro propósito: encarar la subida al Col du Bonhomme con fuerza. Y así fue. Puede que sea una de las partes más técnicas (dentro de lo poco técnica que es esta carrera) y ya que la pillas al principio la puedes encarar con energía. Recordando cada paso que di la otra vez, llegué arriba y de ahí a la Croix del mismo nombre. Y una vez ahí, ¡otra vez para abajo! Con el terreno seco y la luna visible, la bajada fue mucho más disfrutona que hace dos años y llegué a Les Chapieux (km 49) con energía positiva. Cambié las pilas del frontal, comí, recargué agua, coloqué un poco el playero que me molestaba y salí decidida con buena energía… pero había que pasar el control. Quise pasar ‘de lado’ pensando que era aleatorio; pero iba a ser que no. De suerte que todo lo que querían controlar lo llevaba puesto así que en un santiamén salí para arriba.

Esta nueva subida la recordaba bonita y así fue. En ella empieza a amanecer e inicialmente es una pista que luego se convierte en sendero de muy fácil ascensión y que culmina en el Col de la Seigne, frontera con Italia.

Una vez ahí, las vistas delante de nosotros impresionantes. El Mont Blanc por atrás, el mar de nubes sobre Courmayeur al fondo y el sol arriba. Varias fotos y el recuerdo de que ese fue el punto definitivo de no retorno la otra vez. Ésta me sentía genial y empecé a bajar con energía, pendiente de la nueva zona que nos iban a hacer subir. Varios compañeros no fueron conscientes de ello hasta que estábamos allí y más de uno tuvo que acabar llamando por teléfono para avisar de que no iban a llegar a Courmayeur a la hora que habían dicho (pobres avitualladores sufridos…) Este tramo también me prestó. Me recordó los entrenos por Picos de Europa entre pedrolos y pisando algún nevero. La gente en este terreno estaba un poco más verde y llegué a adelantar a unos cuantos. Coincidí aquí con un chico de Valencia que coincidencias de la vida, el año pasado había estado como yo en la UTSB y en el Aneto; si es que al final ¡corremos cuatro!

Con un poco de cháchara subimos al Col des Pyramides Calcaires y de ahí bajamos a Lac Combal (km 66). Qué recuerdos. Miré el sitio mientras me paraba a comer y recordé cómo estaba aquí la otra vez. El helicóptero nos sobrevolaba pero esta vez para grabar unas imágenes y no para recogerme como hace dos años. Estaba claro que de aquella, no podía ser. Esta vez por el contrario me sentía fuerte. Estaba con la energía necesaria en aquel momento así que, sin parar mucho más, arranqué camino de la siguiente subida. En fila india y acompañada de un par de irlandeses que iban contando sus motivaciones para estar en la carrera, llegamos a la Aréte du Mont-Favre y una vez arriba, otra vez a bajar. Por el camino nos cruzamos con un grupo que subía y no fui consciente hasta después de un rato que eran participantes de la PTL. Llevaban corriendo desde el lunes para completar un recorrido de unos 300 kilómetros… qué campeones. Sin parar mucho en el siguiente avituallamiento (Col Chécrouit, km 73), enlacé la bajada más vertical. Casi como jugando, llegué a Courmayeur (km 79). Muy contenta por el tiempo en el que me estaba moviendo y además por lo bien que me estaba sintiendo.

¡Allí estaban otra vez mis padres! Me hice una foto con las bolsas del corredor que se cuelgan a la entrada del polideportivo y que recordaba de un vídeo de Kilian Jornet en sus inicios (aunque él lo pasaba de noche) y para adentro. ¡Estuvimos una hora avituallando! Cambiar ropa para el calor sofocante que esperaba, cambiar playeros, proteger bien los pies, coger comida, comentar el cambio de estrategia para los siguientes avituallamientos porque las barritas ya no me entraban otra vez, cambiar el frontal, las pilas del gps y pasar por la parte de arriba a ver si había alguna otra cosa comestible a la vez que se recargaban los bidones y se cogía el camel… iban a ser muchas horas al sol entre unos avituallamientos y otros.

Así salí de Courmayeur, cruzando el pueblo y cruzándonos con todos los turistas que no sabían muy bien qué hacíamos con aquellas pintas por medio del pueblo y que por supuesto, no estaban muy por la labor de facilitarte el paso por escaleras y demás sitios estrechos. Con ello, salimos por las calles más empinadas del pueblo dirección al refugio de Bertone. Siempre prestan estos pasos porque te encuentras con un montón de gente y acabas teniendo micro-conversaciones que te distraen del camino por unos minutos.
Pero tocaba concentrarse, la subida de 5 kilómetros con unos 800 metros de desnivel positivo y en pleno mediodía con un sol de justicia, se iba a hacer sufrir. Decidí antes de nada, poner la reductora: un paso corto pero mantenido que me asegurase llegar en buen estado arriba. Así lo hice. Y detrás de mí se fueron uniendo unos y otros y nadie quería pasar. Alguno incluso se tuvo que ir saliendo de la fila porque no podía seguir tanto rato sin parar. Muy frescos a pesar de las circunstancias y gracias a la sombra de los árboles del camino, llegamos arriba y un equipo de niños y adultos muy afables, se encargaron de rellenarnos los botes y ofrecernos coca-cola y agua bastante fresca. A estas alturas, las gorras ya se habían sumergido en todas las fuentes y arroyos que habíamos encontrado y en cuestión de minutos, quedaban completamente secas de nuevo. Varios corredores se tumbaban a la sombra de las cabañas para reponer alguna fuerza.

Otro corredor catalán que había llegado en el pelotón, me propuso arrancar juntos y me pareció buen plan. No era mi idea anclarme a nadie en esta carrera porque quería hacerlo sola, pero todo el tramo de día iba a ser duro con aquel calor. Resultó ser un compañero bastante a mi medida porque no hablaba mucho e íbamos haciendo la goma, lo que estaba bien. Era como tener una distracción de vez en cuando para charlar, pero al mismo tiempo, cada uno a nuestro aire. Así, llegamos al refugio de Bonatti (km 91) y con una parada bastante controlada, arrancamos para Arnouvaz.

Carmen en el Ultra Trail de Mont Blanc 2016

Carmen en el Ultra Trail de Mont Blanc 2016

El compañero, iba preocupado por si iríamos mal de tiempo pero le tranquilicé diciendo que llegaríamos con margen y así fue. Tenía a su hijo esperándolo en los avituallamientos y al parecer le iba cantando los tiempos de paso que le calculaba la organización. En Arnouvaz (km 97) otro equipo muy majo, me rellenó el camel, los botes y me ofreció comida diversa. Aquí como estaba empezando a cansar de estar comiendo siempre lo mismo, decidí marchar con un plátano en la mochila. En general estaban partidos en cachitos pero aquí los tenían enteros también así que me llevé uno. Alguno que me vio luego me dijo que era buena idea y la verdad es que más adelante lo agradecí mucho. La subida se me hizo más corta de lo que esperaba y menos dura. Ir hablando algo, comiendo y con la alegría de que los tiempos iban encajando la verdad que daba mucha moral. Seguía haciendo fotos porque sabía que en breve la noche haría acto de presencia y ya no iba a haber más.

Con la llegada al punto de control del Grand Col Ferret, pasábamos a suelo suizo. Tocaba abrigarse algo y desprenderse del líquido sobrante. Una bajada de unos 20 kilómetros nos esperaba. En realidad no es una bajada literal. Al principio sí pero poco a poco se convierte en un continuo sube y baja que si no fuese porque los rayos de la tormenta eléctrica que aparecía delante de nosotros captaron más mi atención, se hubiesen hecho durillos. Los rayos siempre son un espectáculo en la montaña. Se pueden disfrutar, pero cuando están lejos. De momento estaban lejos. Así que bien y poco a poco nos íbamos acercando a zona de pueblos lo que siempre tranquiliza.

De este modo, llegué a La Fouly (km 110) y ahí pasaron dos cosas: tenía un hambre increíble y lo que había para comer no era apto para celíacos. Como recordé que tenían productos para nosotros bajo petición, me acerqué a una señora del avituallamiento y en un francés que parece que fue bastante resultón, le pregunté si tenía algo sin gluten… y ¡me dijo que sí! Me sacó de debajo de la mesa una caja de barritas, las abrió y ¡me las dio todas! ¡Qué alegría! La primera me la comí sin verla delante, pero era muy potente, así que la combiné con naranja y plátano del avituallamiento. Algo de chocolate y lista para salir.

Dije que pasaron dos cosas, esa fue una, la otra es que perdí toda referencia en este punto con mi acompañante de día. Se había quedado atrás a ‘desbeber’ pero no volvió a contactar y a pesar de llevar aquel tiempo en el avituallamiento, no había llegado aún así que me fui.

A partir de aquí poco a poco la noche fue cayendo y con ella el agua. La tormenta eléctrica dio paso a la lluvia y tocó poner el chubasquero. En los pueblos había menos gente pero aún así varias personas seguían animando y así llegamos a encarar la empinada subida a Champex. En este tramo fuimos reagrupándonos y el corredor que yo llevaba delante se encargo en este caso de abrir camino. Todos lo seguimos y en grupo relativamente numeroso, llegamos arriba en fila india. Llevaba casi toda la bajada pensando en descansar un momentín. Necesitaba cerrar los párpados y ahora que había caído la noche de nuevo, más. Llegué al avituallamiento (km 124), hicimos los cambios acordados pero no tenía yo mucha gracia, necesitaba tumbarme y cerrar los ojos y tras un ‘estás inaguantable’ salimos en busca de la zona de descanso. Encontramos una carpa y abrimos la cortina muy decididos… quedamos parados. El suelo cubierto por una especie de palets grandes tenía encima unas colchonetas mojadas por haberse echado gente previamente, con unas almohadas del mismo pelo y unas mantas de refugio en cada una. Estaba lleno de corredores durmiendo y sólo quedaban un par libres en el medio y al fondo. La primera reacción fue cerrar, salir y preguntar: ¿No habrá otra cosa por aquí? Pero acto seguido pensé: ¡aquí mismo! Para asombro sobre todo de mi madre, abrí, entré, llegué a la colchoneta y poco más y me tiro en plancha. Coloqué la mochila y los bastones para que no despareciesen mientras estaba allí y cerré los ojos… ¡madre qué descanso! En 10-15 minutos me iban a a despertar y los aproveché a tope. De pronto me desperté más descansada y pensando que aún me sobraba hasta tiempo. Me fui preparando tranquilamente hasta que mis padres asomaron de nuevo por la carpa. Acabé de prepararme, me despedí y salí… no fue hasta que terminé la carrera cuando me dijeron que me habían engañado un poco y había estado 25 minutos realmente, pero dado que tenía tiempo y estaba muy cansada, la verdad es que estuvo bien.

Carmen en el Ultra Trail de Mont Blanc 2016

Carmen en el Ultra Trail de Mont Blanc 2016

Así encaré el siguiente tramo: el que se me había hecho más horrible en la CCC de 2013. De pronto estábamos todos reagrupados y en fila india otra vez y recordé por qué aquel tramo se me había atragantado. El camino a Bovine es por un terreno muy pedregoso en subida continua pero con repechos más fuertes en algunos tramos y a esas alturas de la película se hace duro. La verdad que no tanto como la otra vez. Lo mejor: llegar arriba y ver las vistas: Martigni completamente iluminado, impresionante. Pero ¡ojo!, llegamos arriba y no era bajar como la otra vez, sino que había que seguir subiendo y seguir subiendo hasta llegar a una cabaña por donde antes no se pasaba: La Glète. Aquí alguno y alguna echó los hígados, otros estaban muertos de frío y otros pidieron ayuda para que les trataran de alguna manera los cuádriceps que ya les iban a reventar.

Yo me encontraba bien y bien abrigada así que después de beber un vaso de coca-cola, me dispuse a salir. La bajada, algo resbaladiza por el agua, se hace muuuy larga. Aquí juegan con la psicología: te hacen pasar todo el pueblo de Trient por arriba, para bajar por el fondo directamente en vertical por unas escaleras y luego volver a pasarlo todo hasta el inicio por abajo y luego bajar por delante para entrar al pueblo por un túnel y finalmente subir unas escaleras para llegar a la plaza donde está el avituallamiento… ¡desquiciante! Pero ya estaba allí. Kilómetro 141. Muy cansada, cada vez más justa de fuerzas pero con energía al mismo tiempo y muy contenta… me sentía bien.

En esta ocasión el problema era el espacio. Había más que la otra vez pero aquella carpa parecía ya una cuadra y había mucha necesidad de dormir. Hicimos los cambios que tenían que ser un poco mal a gusto porque además caían gotas de condensación del techo y me recosté sobre el bolso de la ropa 5 minutos. Después de eso, arranqué otra vez. Comí plátano, naranja, un gel y para arriba.
La subida a Catogne la recordaba muy llevadera y así fue. En fila india y empezando a amanecer de nuevo, con unas vistas sobre Trient muy bonitas con su iglesia despuntando, volvimos a subir para luego bajar jugando a encontrar el camino menos pendiente. Y así, como si nada, llegamos a Vallorcine (km 151). En la bajada del prado final como iba delante y bajar de frente ya no venía bien a mis rodillas, fui haciendo eses y como los que venían detrás me siguieron, resultó una especie de fila serpenteante. Fue prestoso y gracioso al mismo tiempo. Y por fin ¡el avituallamiento! El último con contacto externo. Ya sólo quedaban 19 kilómetros… ¡ya se empezaba a saborear la hazaña!

Aquí con tranquilidad, cambio de ropa otra vez y recargo ya de lo mínimo para aguantar el último tramo. Todo iba muy bien pero las piernas empezaban a protestar un pelín. Me habían traído un buen batido de chocolate que me supo a gloria y así, con energía, salí a por el tramo final. Los primeros kilómetros por pista con mucha gente animando y tras el cruce de la carretera, se encaraba la subida final: la Téte aux Vents. Una subida bastante vertical y con muchos turistas por el camino. Estaba fuerte y me sentía genial así que adelanté a muchos y fui haciendo fotos otra vez. Culminas la primera parte y el Mont Blanc vuelve a aparecer ante ti, majestuoso. Más fotos y realmente disfrutando todos aquellos momentos. Me paré varias veces a contemplar el paisaje y por fin llegó el punto de control.

Algo de agua y a seguir. Ahora empezaba uno de los peores tramos para mí: una bajada con piedras, y escalones que a aquellas alturas me parecían pronunciados y que me dieron la puntilla a mis rodillas maltrechas. Se me hizo duro pero no me olvidé de mirar alrededor. En una piedra en modo repisa decidí sentarme. Va a pasar mucho tiempo hasta que vuelva a pasar por aquí pensé y me senté, miré, saqué fotos, comí y me coloqué los calcetines.

Cuando creí que era suficiente, me levanté, proseguí y así llegué a La Flégére (km 162). Último avituallamiento: ¡ya somos finisher! Tenemos unas cuantas horas y sólo 8 kilómetros por delante hasta la meta. Lo peor: ¡en bajada! Aquí la energía ya iba al límite y la moral por momentos baja. Cada vez me dolía más la rodilla y es que iba dando ya pasos de coja literalmente. Después de unos cuantos kilómetros con este panorama, llegó a mi altura una mujer que me preguntó qué me pasaba. Al comentarle, me dijo que lo que tenía que hacer era apretar los dientes y seguir porque esto sólo pasa una vez en la vida y aunque algo de razón tenía, le dije que no. Sé que es importante, pero no voy a dejar la rodilla por una carrera así que al ver mi reacción me dio un buen consejo: poner una venda en la rodilla: quería darme la suya pero tenía yo una igual y me la coloqué. ¡Vaya cómo me sirvió! Le di las gracias con toda mi ilusión y empecé a correr yo también… pero pronto me di cuenta de que una cosa es que me doliese menos y otra que pudiese empezar a correr, así que relajé y empecé a andar deprisa. Así pasaban los kilómetros y venga a cruzar gente que animaba y nos decía que éramos unos campeones y que ya éramos finisher así que dándonos la enhorabuena unos a otros, llegamos a las primeras casas del pueblo, no sin antes pasar a alguno que a falta de tres kilómetros necesitó que lo viniesen a rescatar los amigos y los familiares. La carrera se tiene que luchar hasta el final.

Pero en mi caso las sensaciones eran buenas y tenía las palabras de aquella mujer en mi cabeza. No podía dejar que los kilómetros finales de aquella aventura que tanto había deseado fuesen un simple trámite, así que con aquella entrada en el pueblo y al echar a correr el compañero que llevaba delante, corrí también.

Al principio era trotar, pero según vas entrando en el pueblo y cuando tras las vallas la gente te jalea, ambos fuimos apretando el ritmo y corriendo cada vez más deprisa y una sonrisa llenaba la cara de oreja a oreja. De pronto, la recta final, mis padres al fondo… empiezo a botar y corro hacia ellos. La gente aplaude y me dan la bandera ¡reto conseguido! Encaro el pasillo final con la bandera en alto. Corro, grito, río y choco los cinco a todos los que me extienden la mano y tras la última curva, LA META. Ese arco en Chamonix que tantas veces he visto en fotos, he pasado por delante… estaba ahí, para mí. Levanto los brazos, corro y grito ¡Tomaaaaaaaaa! Cruzo la línea.
Chamonix km 170. Después de 44 horas y 48 minutos, con la sonrisa y el subidón paso a recoger ese chaleco tan preciado… ese chaleco finisher que guardaré como oro en paño porque será el recuerdo más palpable de esta aventura.
En la cola para el área de llegada y webcam, está el chaval que corría delante de mí. Nos sonreímos, congratulamos y nos damos la mano. El trabajo estaba hecho. El objetivo conseguido. No es una carrera más. Es un hito en la vida.

Como dije al principio, era consciente de que iba a haber un antes y un después de aquel fin de semana. Detrás de aquella salida del viernes 26 había mucho tiempo invertido, ilusión y trabajo. Detrás de la llegada del domingo 28 además, mucho esfuerzo y gestión de las emociones en situaciones difíciles. Un cambio de actitud a lo largo de los años para aprender a disfrutar a fondo de lo que se hace a la vez que se consigue lo que se pretende. Vivir el camino y no centrarse exclusivamente en el objetivo. La entrada en meta es la guinda… realmente ¡la disfruté! Y quedará para siempre conmigo.

Aunque la mayor parte de este trabajo y esfuerzo es mía, no hubiese sido tan factible sin la ayuda de mis padres y el apoyo incondicional de ‘mis chicos’ que me siguieron en la distancia y me apoyaron en el día a día a lo largo de estos años. A los compis de entreno con los que tantas experiencias, charletas y buenos momentos he compartido, pura vida que te da sentido al día a día. A todos los demás que a lo largo de estos años habéis seguido mis peripecias y os habéis ilusionado con cada aventura. Y a los profesionales Adrián Martínez Noval y Fabrizio A. Zingarello Castro por esos cuidados y consejos que tanto me han servido. ¡Gracias!
Ahora una nueva página en blanco se abre frente a mí… ¡veremos a dónde me llevan mis pasos!

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